A
nte la fragmentación, la añoranza
de unidad. Ante lo estrictamente visual, la posibilidad de sentir
y de tocar. Ante el discurso verbal, el silencio y el grito. Somos
seres conscientes de lo imperfecto: incompletos, adolecemos nuestra
fragmentación. Buscamos la transgresión de las realidades
alternas a través del cuerpo. Tenemos la certeza de que
existe un disparador que nos instala en un punto donde no hay
palabras y donde el cuerpo es el regulador de sus propios flujos
energéticos. Es a partir de esta certeza que emprendemos
la búsqueda: lanzarse al vacío, sentir el vértigo
de la caída, llegar al fondo de una experiencia que no
puede ser codificada. No se puede hacer trampa: el cuerpo es mostrado
en su desnudez primigenia, sin posibilidad de máscaras
o decorados. No hay refugio: sin asideros, el cuerpo se enfrenta
a sus fronteras naturales: el lenguaje y el pensamiento. En este
vaivén rítmico y acompasado, se niega y se exalta
el cuerpo continua y alternadamente. De este negar y exaltar es
que surge la danza.
Frente a mí, una lente sigue
cada trazo de mis movimientos. Después podré observar,
acaso reconocerme. Únicamente, ahora, están el vértigo
y la caída. Mi dolor profundo surge de la experiencia de
estar vivo, de permanecer. Y el llanto y el grito me remiten al
que pude ser antes de que pensamiento y lenguaje me dieran forma.
Luz María Sánchez
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