Actitud natural
Baudelio Lara
En el contexto de la sociedad actual, en el que tienden a predominar la artificialidad de los objetos y las relaciones, la virtualidad de la comunicación y la mediatización de las interacciones (en el doble sentido de mistificación de los lenguajes y de producción, administración y filtro de los mensajes a través del poder de los media), la naturalidad se ha vuelto un valor preciado y apetecido.
Dentro de los ámbitos donde la actitud natural puede ser registrada o leída --aquí me apropio del concepto que Alfred Schutz utiliza, con otro significado, en el campo de la sociología formal--, el cuerpo es seguramente el espacio donde encontramos mayores dificultades para explicarla, quizá porque es el objeto más inmediato y directo de la representación, la primera y la última frontera donde se cristalizan las representaciones sociales (políticas, económicas, culturales).
La actitud natural nos seduce, quizá porque existe una dificultad intrínseca para observarla como un objeto de estudio o de simple goce: este inconveniente se relaciona con su engañosa y paradójica simplicidad. La espontaneidad, la postura prístina, la apariencia pura, la disposición abierta, el gesto despojado de artificio, el movimiento que irradia vibraciones desde su propio centro, lo verdadero y genuino, son atributos generalmente percibidos como dones, como algo dado, como una cualidad que surge libre y claramente, una virtud que no requiere aprendizaje.
Sin embargo, esta idea es incómoda porque en el fondo intuimos que hay algo falso en ella, que existe una resistencia que no nos permite descifrarla. Parte de esa dificultad se expresa como una contradicción. Todo mundo parece buscar lo natural en la comida, en el vestido, en la relación interpersonal, en el gesto: lo natural es sinónimo de genuino, espontáneo, fresco, directo, ligero, sin máscara, sí, pero también, en el lenguaje común y en el ubicuo idioma de la publicidad, equivale a ligth, "sin colesterol", sin maquillaje, bajo en calorías, "sin grasa".
En la obra del fotógrafo Marcos García se advierte esa seducción por la actitud natural como un hilo conductor que articula sus trabajos recientes. Su anterior exposición, Impresiones. La imagen del audio, puede observarse como una confrontación entre lo público y lo privado que tiene como pretexto la captura de la actitud espontánea de locutores, productores y, en general, la gente de una estación de radio quienes, por la naturaleza de su labor, no tienen una imagen definida ante su auditorio.
En su actual trabajo, Improvisación/Cuerpo, ese interés por la actitud natural se centra precisamente en los dos conceptos que dan nombre a la exposición. Ésta se propone explorar las posibilidades de registro de flujo y la contención de la energía en el espacio del cuerpo, que se produce en la expresión dancística. La serie tiene como modelos a bailarines que, delante de la cámara, ejecutan distintas figuras improvisando secuencias y movimientos sin guión o coreografía previos. A diferencia de una sesión fotográfica con modelos comerciales, el proyecto pretende expresar una doble intención artística: por una parte, la que supone el propio movimiento improvisado y creativo de los bailarines, la que se explaya y se consume en la condición efímera de la danza y, por la otra, la del fotógrafo que aspira a dibujar un mapa del cuerpo. Ese mapa se constituye por las huellas donde transita la energía del movimiento, por los meandros de la piel, las junturas y los músculos donde se expresa la contención: pretende ser el retrato del intérprete en el acto de desestrtucturar sus aprendizajes físicos y sus rutinas al soltarse, fluir, aflojarse, incluso caer en el vacío de la consciencia.
Sin duda, esta representación del cuerpo participa de un repudio a la rigidez, la tiesura y la inexpresividad, de manera semejante a como lo han propuesto Wilheim Reich desde el psicoanálisis o Martha Graham desde la danza moderna. También, se inscribe en algunas vertientes de la tradición pictórica que tienen en la danza o en el movimiento uno de sus temas favoritos (Degas, Matisse). En cuanto a la intención de documentar el cuerpo y el movimiento, encontramos evocaciones disímbolas de la fotografía cinética de Edward Muybridge, de la fotografía mexicana anónima de principios de siglo que tenía como tema las vedettes y las prostitutas y, sobre todo, de algunos momentos, empeños y encuadres de la perspectiva de Maplethorpe en cuanto a trabajar en los límites de los espacios artístico y comercial, tal como los identificamos convencionalmente en relación con la fotografía publicitaria.
La serie se construye alrededor de las nociones de expresividad y de improvisación. En gran medida, ambos temas se sustentan en la colaboración del grupo de danza de Lola Lince, cuyo quehacer expresionista participa de la intención de reflejar las emociones a través de la deconstrucción de las rutinas corporales y cinéticas, en una travesía de lo artificial a lo natural, del saber a la intuición. De esta participación y de la naturaleza misma de la improvisación como operación creativa se deriva sin duda un efecto teatral que entra en tensión con la búsqueda de la naturalidad. En efecto, mientras que --podemos conceder-- la espontaneidad puede ligarse a una posición originaria, pura, ingenua (recordemos que ingenuo significa literalmente "sin experiencia"), lo cual la acerca a una actitud natural, la improvisación no puede ser un proceso lego: requiere de experiencia y del dominio de un lenguaje o habilidad: su efectividad radica en un mecanismo paradójico y artificioso: que lo complejo pueda parecer simple, fresco, inocente.
A diferencia de artistas como Andrés Serrano, que desarticulan nuestra noción de cuerpo a través de la selección de un detalle (en su famosa serie de cadáveres en la morgue) o de Janine Antoni, cuya obra de grandes cubos de chocolate y mantequilla se basa en una especie de "espacio negativo" corpóreo, el acercamiento de Marcos García se centra en lo físico y figurativo, privilegiando el cuerpo entero o la mayor parte de masa corporal, donde el encuadre desempeña un papel mínimo.
Junto con la intervención literaria
que acompaña a la exposición, a cargo de Luz María
Sánchez, el propósito de la serie es presentar un
retrato en el que la danza, la expresividad corporal y los textos,
logren entablar un diálogo entre sí y con el espectador.
El proyecto pone al servicio un medio (la fotografía) para
atrapar un gesto expresivo en el momento del vacío, del
soltarse, del caer en el abismo que deja su huella efímera
en los registros de la piel. En qué medida la selección
del ojo, del encuadre y la cámara son capaces de captar
ese non sense, es una pregunta que el espectador podrá
responder si acepta la invitación a ese diálogo.